No se le escapaban las ideas, volaban alrededor de su cabeza, pero nunca entraban en ella, se quedaban allí, en el aire, hasta que se evaporaban. Ella las miraba y pensaba que tal vez debía quedarse con alguna, pero dudaba… “¿Será buena?”, se decía a sí misma. Y claro, nunca se decidía a tiempo. A veces llegaba alguien y se quedaba con esa idea antes de que ella le hubiera dado las mil vueltas de rigor. En ocasiones veía como eran las propias ideas las que huían de ella. No querían pasarse días y días alrededor de su cabeza, siendo observadas, juzgadas, con el “ahora sí, ahora no” al que las sometía, lo sabían y huían, porque sabían que al final no se decidiría nunca por ellas.
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