Improvisación-29

Nunca le gustaron los juegos de azar, ni las máquinas, ni la ruleta, los dados… ni siquiera las cartas o la lotería. Su paciencia no estaba hecha para esperar el resultado de algo tran arbitrario. Si hacía algo era porque conocía el resultado de antemano. En su vida no había margen para errores y cuando le propusieron aquel estúpido juego, cualquiera de las personas que le conocía hubiera jurado que no aceptaría participar. Pero extrañamente dijo que sí y cuando las manos acabaron los rápidos y confusos movimientos, señaló uno de los tapones bajo los cuales se escondía la bola. Evidentemente la bola no estaba allí, probablemente en ninguna parte. El trilero rió, guardó el dinero y continuó con lo suyo mientras otros probaban suerte.

Siempre el que se cree más listo, acaba siendo el más tonto.