Improvisaciones

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Podría no enterarme de nada, perderme algo o escucharlo todo…

En ocasiones puede existir una sensación: que cuando el sol haya acabado de esconderse todo vaya a desaparecer. Pero eso nunca es así y al final siempre quedan las luces y con ellas la velocidad, la afirmación de que nada va a parar, que cuando vuelva a comenzar el día, en realidad sólo tú te habrás detenido.

Speed

A veces pienso en cómo sería rendirse, sólo por ver qué pasa cuando no se rema, e imagino el agua quieta y la incertidumbre de no ir a ninguna parte…

Si algo se escapa, se eleva, se pierde y huye, vuela…

Siempre estaba muy nerviosa. Era así, inquieta. La veía siempre con los dedos muy cerca de su boca, mordisqueando sus uñas, escupiéndolas con disimulo. Nerviosa, muy nerviosa. Siempre parecía preocupada, siempre parecía que buscaba algo. Debía ser una respuesta. Algo que sólo ella se pudiera responder. Miraba al vacío y mordía sus uñas. Sus movimientos inquietos, no podía estar mucho rato sin moverse. Nerviosa, muy nerviosa. Y los mismos nervios se la comieron poco a poco. Yo lo veía, estaba claro que sucedería. Ella mordía sus uñas. Los nervios se la comían a ella. Era una cadena. El pez que se muerde la cola. Ella mordía sus uñas, los nervios se la comieron a ella. Un día, así, de repente. Ã?ltimamente estaba muy delgada, “los nervios“, decía todo el mundo. Y así fue, “los nervios” se la acabaron comiendo. Nunca más la volvimos a ver…

Nunca le gustaron los juegos de azar, ni las máquinas, ni la ruleta, los dados… ni siquiera las cartas o la lotería. Su paciencia no estaba hecha para esperar el resultado de algo tran arbitrario. Si hacía algo era porque conocía el resultado de antemano. En su vida no había margen para errores y cuando le propusieron aquel estúpido juego, cualquiera de las personas que le conocía hubiera jurado que no aceptaría participar. Pero extrañamente dijo que sí y cuando las manos acabaron los rápidos y confusos movimientos, señaló uno de los tapones bajo los cuales se escondía la bola. Evidentemente la bola no estaba allí, probablemente en ninguna parte. El trilero rió, guardó el dinero y continuó con lo suyo mientras otros probaban suerte.

No es que el tiempo pase deprisa, es que a veces, para algunas cosas, ya ha pasado. Y hay quien pierde la cabeza, mete los pies en un charco y señala donde no debe ni sabe lo que bebe y lo que debe no lo paga. Ni cuenta ni recita. No hace nada. Sólo escapa…

Esperaba que cambiara de opinión. Y sigue esperándolo…

Entre unas cosas y otras, las distancias, los silencios y las huí­das, transcurrieron algunos años. Suficientes como para haber olvidado su cara, y con su cara todo lo que pasó… Todo lo que le dijo.

Esperaría allí quieta. Como si no moviéndose nadie la pudiera ver. Como si quisiera volverse invisible para que nadie la hiciera participar. Esperaría quieta, muda. Silenciosa y atormentada. Dolorosamente sola, aunque rodeada de la multitud. Y cuando todo el mundo estuviese demasiado distraído, aprovecharía para irse. Silenciosa. La mirada hacia el suelo. Tal como llegó. Tal como vive.

Todo en ella era previsible, los pasos que daba. Los silencios que precedían a los arrebatos de locura. La expresión de su rostro cuando encendía la luz y se deslumbraba. El movimiento inquieto de sus cinco dedos sobre la mesa. Su forma de llenar el vaso de agua. De cerveza. De vino. De lo que fuera. Todo en ella era previsible, menos que se marchara de aquella forma. Me pareció ver una figura andante desconocida, un cuerpo que se movía con una agilidad distinta. Una voz que decía adiós de una manera en que nunca antes lo había dicho. Es que no lo dijo. Jamás había dicho adiós antes. Sólo aquella vez. “Adiós.” Y sonó como parte del aire que la envolvía. Un mismo velo que cubriera a la persona que yo había conocido. Y sobre ese velo, esa voz distinta. Ese “adiós” que aún recuerdo…

Podrí­as esperar, esperarme. Acordarte o no. Sólo si tú quieres. ¿Qué haces cuando no buscas y encuentras? ¿Cuándo las palabras no salen de ti pero a tu mirada se le escapan todos los secretos que quisieras guardar? Sólo un deseo, abrazar al momento, procurar que sea tan intenso como para sentirlo siempre acariciando tu piel. El momento. El deseo. ¿Te acordarás?

No se le escapaban las ideas, volaban alrededor de su cabeza, pero nunca entraban en ella, se quedaban allí, en el aire, hasta que se evaporaban. Ella las miraba y pensaba que tal vez debía quedarse con alguna, pero dudaba… “¿Será buena?”, se decía a sí misma. Y claro, nunca se decidía a tiempo. A veces llegaba alguien y se quedaba con esa idea antes de que ella le hubiera dado las mil vueltas de rigor. En ocasiones veía como eran las propias ideas las que huían de ella. No querían pasarse días y días alrededor de su cabeza, siendo observadas, juzgadas, con el “ahora sí, ahora no” al que las sometía, lo sabían y huían, porque sabían que al final no se decidiría nunca por ellas.

Perdió el hilo de la conversación, la noción del tiempo o qué sé yo… Perdió cuatro palabras y algunas más, ya no las recuperará. No se lo he dicho pero sé que será así. “-No las busques más.”-le dije. Pero le gusta perder el tiempo. A mí no, por eso me marché y le dejé allí, buscando sus cuatro palabras o más, perdiendo el tiempo… y le dio igual…

A veces puede pasar que creamos estar soñando, aunque tengamos abiertos los ojos pero con la mirada en el vacío. O no exactamente el vacío, sino en algo que creemos son sueños… Pensamientos tal vez… Y el resto del mundo desaparece, y las palabras que necesitamos están ya lejos… así que sólo podemos continuar en ese estado. Aunque en el fondo, jamás estaremos tan cerca de la realidad como en ese momento. Tal vez sólo nuestra, pero realidad después de todo…

Igual es que en el fondo nunca he estado muy de acuerdo con la duración del día… Siempre es demasiado largo o demasiado corto. Por eso siempre me quejo de una cosa u otra… Me levanto tarde cuando puedo para que pase antes y me voy a dormir tardísimo para saborear sus últimas horas. El tiempo debe saber muy bien lo que hace, pero a mí me molesta horrores cuando se esconde y pasa sin que pueda darme cuenta, porque entonces necesito recuperar ese tiempo que no he visto pasar y lo único que me quedan son recuerdos de algo que creo haber vivido. Por eso es muy importante la intensidad, aquello que en poco tiempo cobra intensidad suficiente se vuelve también más sencillo de recordar, menos dudoso y resiste mejor el paso del tiempo… Sí, el mismo que intenta borrarlo todo…

(Escuchando: “Strong” – Robbie Williams)

Una inmensidad que no me resulta del todo desconocida, tal vez por el recuerdo que guardo de tu mirada…

Nubes A-7

Sentía que no podía levantar los pies y se arrastraba como una serpiente a lo largo de sus propios recuerdos… Estiraba la cuerda del momento cuanto podía, hasta que su fuerza le abandonaba, y cuando la soltaba recibía la dura respuesta de las cuerdas elásticas cuando las sueltas. Temía que de haber continuado estirando la cuerda se hubiera roto, el momento terminado, y perdido todo el significado. Yo recogí la cuerda, la enrollé y la guardé en un bolsillo, entre las llaves y un monedero con un billete de cinco euros. Y ahí la llevo, por si un día decide volver a estirar la cuerda…

No supo dónde poner sus palabras, cayeron de sus labios para romperse contra el suelo. Mis oídos no estaban preparados para escucharlas. Ahora las echo de menos…

Hay personas que son como un torbellino. No las esperas, llegan, alteran toda tu realidad, le dan un vuelco a todo. Y cuando creías comprender algo, te dejan desubicada, con la única certeza de haberte dejado arrastrar por su fuerza, por su energía. Por ese algo diferente que no encontraste cuando todo aún estaba en aparente orden. Pero cuando estés pensando en esto, ya no tendrá tanta energía, ya no alterará nada con su presencia, mostrará su debilidad, su miedo. Dejará caer sus manos sobre las tuyas, notarás la leve presión que todavía pueda ejercer sobre ti. Os mirareis a los ojos y algo irresistible hará que no olvides jamás esa mirada…

Más que pronunciar las palabras, éstas huían de su boca. Escapaban de su mente de la misma manera en que cualquiera correría al ver un león. Al menos yo correría os lo aseguro. Atropelladamente escapaban a su locura, a su escandalosa necesidad de tragárselas una a una y retenerlas para no soltarlas más que cuando nadie le viera. Las palabras clamaban por su libertad y se precipitaban al vacío, temían al olvido y no querían que las soltara cuando nadie las escuchara y no pudiera jamás recordarlas. Yo, que las escuché, no supe entenderlas. Las olvidé. Pero intento que a las mías no les suceda lo mismo y alguien que tal vez las lea, las sepa comprender y les dedique aunque sólo sea un breve recuerdo.

Me confundo sin remedio y espero por pura obsesión.

A veces el silencio se convierte en enemigo. A veces ni siquiera escuchamos mientras alguien habla. A veces ni nos enteramos cuando alguien grita. A veces cuando creemos que ha llegado el momento, éste ya se ha ido.

Pisando asfalto recorrió aquella tarde la distancia suficiente como para saber que seguía sin destino. Las calles, llenas de gente abrigada e impaciente. Las carreteras saturadas de vehículos sin alma. Y sus pasos sin saber hacia donde seguir. Paró frente a algunos escaparates, pero no distinguió nunca a nadie que pareciera conocerle. Ni siquiera cuando miraba hacia los espejos. Estaba demasiado lejos de todas partes. Tal vez incluso, hasta de ella misma y volver atrás le pareció poco deseable. Pensó que sería mejor continuar el camino, aunque ya no recordara por qué lo había comenzado.

Asfalto - Lluvia

(Escuchando: “The Road to Mandalay” – Robbie Williams)

Sus pasos devoraban el silencio. Eran firmes. Respondían con el extraño crugir de las suelas de los zapatos. Su mente, mientras tanto, crugía de impaciencia. Dirigía la vista hacia el gran reloj, que colgaba de la pared, a cada momento. Aunque a veces parecía no verlo realmente. Bebí un trago de mi refresco y ello pareció molestarle. Su mirada directa y cortante me obligó a devolver el vaso a la mesa. Permanecimos allí un buen rato aún. Con su impaciencia. Con el crugir de las suelas de sus zapatos. Con mi sed. Hasta que finalmente pronunció las palabras que yo tanto deseaba oír: “Vámonos de una vez”, y yo me alegré. Eso sí, creo que si tomó esa decisión, fue porque era incapaz de recordar qué había estado allí esperando durante tanto tiempo…

Noté como se lo llevaba todo. Incluso la mala conciencia. Cargó con todo en su maleta y de la misma manera en que se arrastra a veces la vida, arrastraba ella aquella maleta en la que todo había tenido que meter. Todas aquellas vivencias. Las virtudes y las desgracias de las que tanto había aprendido. Soñó después con la cabeza apoyada en esa misma maleta, mientras esperaba el tren de vuelta. Todo lo llevaba allí. Incluso las palabras que debieron haberle servido para despedirse y que no utilizó…

(Escuchando: “Inside” – Patti Rothberg)

Mis sueños serán otros. El aire se habrá llevado, una vez más, las palabras que no pude oír. Y tú guardarás secretos. Bajo llave, bajo tu silencio.
Otro ladrillo más, no sé si es una casa que se está construyendo o un muro que se eleva ante mí. Un libro que se cierra y encierra polvo. Una puerta que dice haber olvidado cuando se abrió por última vez. Y yo, sin respuestas para tanta pregunta. Sin nostalgia pero sin olvidar. Sólo memoria queda ahora. Memoria, palabras, puertas, libros… Caminos que llevan a algún lugar. ¿Me acompañas?

El silencio huyó tras de mí al abandonar el ruinoso edificio. La melodía de grifos que goteaban y de los escalofriantes crugidos que emitía el ascensor en su recorrido, cesó de golpe al traspasar la puerta que daba a la calle. Un mundo entero que llevaba tiempo sin conocer, me abrió los brazos en un primer momento en el que hasta yo era incapaz de contener mi propia euforia. Después me dio sutilmente un puñetazo en toda la nariz. Todo era tal y como lo recordaba. La contaminación agobiando a mis fosas nasales. La prisa, palpable por los empujones que se recibían de la gente que caminaba a uno y a otro lado. Y la ausencia de silencio. Todo seguía siendo como antes. El Mundo no había cambiado. Mi indignación contra �l tampoco. Todo, hasta tu recuerdo, continúa intacto.

(Escuchando: “I Get Along” – Pet Shop Boys)

Levantó la vista hacia mí. Yo que acababa de llegar ya sabía que iba a encontrarle allí. Esperé un instante para ver como reaccionaba, quería ver alguna mueca en su cara antes de hablar. Saber qué tono usar, cómo se habría tomado que hubiese llegado un día más tarde del acordado. La mueca llegó pronto, arqueó una de sus cejas, simuló mirar hacia abajo y después me desafió apuntándome con su afilada barbilla mientras apretaba los labios. Yo sólo supe sonreír. ¿Qué excusa iba a poner después de todo? Llegué tarde y punto. Un día, sólo un día había tenido que esperar. Sonreí cordialmente. Pareció que iba a corresponder a mi sonrisa, pero en lugar de eso se levantó de la silla y con paso firme se dirigió hacia mí. Pero no paró. Justo cuando estaba delante mío me esquivó, y mientras se marchaba pude oír que decía: “Por lo menos has llegado…” Y se alejó. Salí detrás suyo, pero caminaba con paso rápido calle arriba. Preferí no detenerle. Dejar que siguiera su camino. Después de todo, ya le había hecho perder un día…

(Escuchando: “Nothing is Good Enough” de Aimee Mann)

Tan sólo pronunció tres palabras. No las oí, pero supe que eran tres. Como se leen las palabras tachadas sobre el papel. Así sonaron para mí esas tres palabras. Sin saber cuales eran, ya supe que su significado era importante. Lo supe porque a veces, en días de viento, he dicho adiós, y no me han escuchado. Adiós, espero verte pronto… Pero el viento no jugó a mi favor. Como esas llamadas telefónicas que no llegan a producirse porque no quedan monedas para echar en la cabina. O porque la batería del móvil es insuficiente. Y esas palabras que se quedan justo en la garganta. Se tragan. No llegan a salir de ahí, aunque se recuerden. Quedan guardadas y nunca se pronuncian. Las palabras tachadas, las que no se pronuncian, las que se lleva el viento. Como esas tres palabras que no oí.

No voy a dejar que caigan. Tan sólo el silencio que deja tu ausencia se queda. Espera que vuelvas como lo espero yo. Como un recuerdo que ya no lo es porque se ha olvidado, como una palabra que de no pronunciarla ya no se sabe si existe. El silencio que espera ser olvidado. Que espera que le dejemos escapar. Y no puede. Me agarro a él porque es mi única compañía, le sujeto con fuerza y le muestro la Luna a través de la ventana, le asusto con historias sobre la oscuridad que ya no me asustan ni a mí. Me callo para dejarle hablar. Y habla. Sin decir nada. Sin expresarse con palabras. Como sólo el silencio sabe hacer. Pero diciéndolo todo. Como en voz alta. Pero sin interrumpir mis pensamientos. Así habla el Silencio…

Avanzaba paso a paso, cansada, por el largo pasillo. La mirada hacia el suelo. Los hombros rendidos. Caía su alma cada vez más con cada nuevo paso. Caía toda ella con cada paso que daba. Mi presencia allí era inútil. Sólo podía observarla. Verla caer. Mi posición privilegiada. Mi sano juicio. Y su ruina. Siempre pesó sobre mí. Aquel último momento. Un último aliento. Su mano agarrándome con fuerza. Sin palabras. Pero suplicando. Arrastrando su razón como antes se había arrastrado a sí misma. Y yo, sin poder decir que no.

Peaje

Escuchó la risita tonta, se giró para decirle que dejara de reírse así y le vio, señalando con su dedo hacia la maleta, riendo y señalando. Verle reír dolía. De verdad. No sólo era desagradable. Además era inútil. La risa. Su risa era inútil. Porque jamás, por muy sonora que fuera, daba la impresión de estar riendo realmente. Pero ella insistía en hacer como si así fuera. Era desagradable. Esa risa. Y nunca tenía un motivo. De repente reía y reía. Y como si estuviera controlada por un mando a distancia, paraba al cabo de unos minutos. Frenaba en seco. La risa se extinguía por completo. Pero para los demás quedaba en el aire el eco de sus aullidos. Ridículos. Inútiles. Desagradables. Como puertas chirriantes. Sin que puedieras evitar no oírlos.

Espaguetti en la pared